Me digo: "No seas impaciente. Carbura pero no quemes rueda." Repito un par de mantras. Vocablos. Sílabas inconexas. Una señora sale del festival de cine español. Bosteza sin tapujos. Sale una pareja mayor. Van hablando. Sale un tercero con bigote, y así se abre otra puerta. Salen unas ochenta personas. La
audiencia es variada. Sale una pareja con una peduga. Se me escapa una
mueca.
Dos erasmus italianos han llegado al Hostal. Preguntan por una Macrodisco. Preguntan por chicas. Preguntan por la crisis española. Preguntan por las chicas españolas. Preguntan mi edad. Preguntan cómo llegar a una Macrodisco. Me ofrecen costo.
Dos estudiantes de banca hablan de ética para con el cliente. Me interesa. Llevan cinco y seis años trabajando en la banca. Les pregunto si han ido al festival de cine. Me cuentan su vida y milagros. Son del Mazury. Les pregunto por una Macrodisco. No saben. Se me escapa una mueca.
Un estudiante de banca, pedo perdido, intenta magrear a una estudiante italiana de literatura. Le pregunto por la Macrodisco. "Ah, sí sí". Quiere que le traduzca. Paso de tu culo. Mejor me hago una tostada y me piro a dormir. No me pregunta la edad. Tampoco te la iba a decir, gañán.
Dos estudiantes de banca vuelven del festival de cine español. Se lo cuentan al tercero. No le apetece. Estuvo en una Macrodisco con unos erasmus italianos. ¿Os apetece una tostada? ¿Os apetece un té? ¿Os venís al cine esta tarde antes de iros a la Macrodisco? Los italianos se vienen. El otro accede a regañadientes. Sí, lo has adivinado... se me escapa una mueca.
Emprendedores
Llevava cierto tiempo aprenderte un camino en el Brno de enero, pues la nieve constantemente desdibujaba los rastros sobre ésta, y la escasez de hitos en el camino, letreros luminosos, fachadas fácilmente reconocibles, siquiera un algo, era lo habitual. Lego en idioma, lectura del territorio y muerto de frío, había algo ahí dentro que tejía por uno mismo la trama de nuevos mapas. Pero antes había que lanzarse. Salir a explorar a calzón quitado. Luego ya veríamos. Un haya esmochada. Una señal de tráfico. Un quiosco azul. Lo que cualquiera haría.
Tras la barra Jerzy nos escuchó hablar. Tenía una pinta horrible y olía peor. Era traductor de portugués y además hablaba español a la perfección. Una historia. Un personaje. Media vida con la Policía en los talones. La otra media viviendo en una cueva. Vendía sus historias por una copa de vino, a poder ser blanco de la ría de Porto. A poder ser en la vinería portuguesa de Brno.
No costaba nada llegar a la vinería portuguesa. Con seguir a Jerzy bastaba. Conciliar historias con paredes y la traza estaba hecha. El mapa se completaba. El cielo en tierra de aquel borrachuzo checo no distaba más que mi casa del único restaurante del que me fiaba por completo, donde trabajaba otro señor muy mayor que había vivido en Zaragoza y que siempre me trató con mucho cariño. Pero eso es otra historia.
Alguien había visto la oportunidad de negocio. Alguien se había lanzado a abrir una vinería en un barrio sucio, socavonado, pintarrajeado, agitanado. Y le había dado resultado. Funcionaba a la perfección. Entraban. Bebían sin sentarse. Se iban. Y así.
Eso era emprender. Ver nichos donde otros no, abrir mercados, luchar un día a día cuya mañana era una página por escribir y a la noche un capítulo cerrado.
Tras la barra Jerzy nos escuchó hablar. Tenía una pinta horrible y olía peor. Era traductor de portugués y además hablaba español a la perfección. Una historia. Un personaje. Media vida con la Policía en los talones. La otra media viviendo en una cueva. Vendía sus historias por una copa de vino, a poder ser blanco de la ría de Porto. A poder ser en la vinería portuguesa de Brno.
No costaba nada llegar a la vinería portuguesa. Con seguir a Jerzy bastaba. Conciliar historias con paredes y la traza estaba hecha. El mapa se completaba. El cielo en tierra de aquel borrachuzo checo no distaba más que mi casa del único restaurante del que me fiaba por completo, donde trabajaba otro señor muy mayor que había vivido en Zaragoza y que siempre me trató con mucho cariño. Pero eso es otra historia.
Alguien había visto la oportunidad de negocio. Alguien se había lanzado a abrir una vinería en un barrio sucio, socavonado, pintarrajeado, agitanado. Y le había dado resultado. Funcionaba a la perfección. Entraban. Bebían sin sentarse. Se iban. Y así.
Eso era emprender. Ver nichos donde otros no, abrir mercados, luchar un día a día cuya mañana era una página por escribir y a la noche un capítulo cerrado.
Lo que nos hace mejores
Mañana primaveral. Wro tiene algo. La vaciaron. La volvieron a llenar. Miles de personas vivieron con las maletas hechas. Esperando. Esperar no es lo mío. Se debe ser paciente. Pero eso no nos hace mejores.
Camino. Pienso que necesito una bicicleta. Reuniones. Me sale el lado Conejo Duracell. Podría merendarme un mastín. Estoy rebosante. Es como si siempre hubiera estado aquí. Pero eso no hace a nadie mejorar.
Gestionar los sentimientos. Alta dirección lo llaman. Hay cientos de tomos y volúmenes de esos rollos. Virus, toxicidades, contagios. Parece obligatorio inocularse el virus luterano del amor al trabajo. Pero eso tampoco nos hace mejores.
Me paro. Llevo tres días comiendo fatal. Me acerco a un garito y me pido un plato de carne con patatas. Mira chico, que sí, que es estupendo que todos tengan dietas guays. Pero eso no me hace mejor y además soy omnívoro vocacional.
Hablo por los codos. Me cambian de idioma cada dos por tres. Casi prefiero a los estudiantes de banca de anoche. O se discute en polaco o no se discute, hostias.
Lo que nos hace mejores es lo mucho que queremos a los nuestros. Esa es la única fuerza para avanzar. No recuerdo nostalgia parecida. No muy lejos, tañe una campana.
Camino. Pienso que necesito una bicicleta. Reuniones. Me sale el lado Conejo Duracell. Podría merendarme un mastín. Estoy rebosante. Es como si siempre hubiera estado aquí. Pero eso no hace a nadie mejorar.
Gestionar los sentimientos. Alta dirección lo llaman. Hay cientos de tomos y volúmenes de esos rollos. Virus, toxicidades, contagios. Parece obligatorio inocularse el virus luterano del amor al trabajo. Pero eso tampoco nos hace mejores.
Me paro. Llevo tres días comiendo fatal. Me acerco a un garito y me pido un plato de carne con patatas. Mira chico, que sí, que es estupendo que todos tengan dietas guays. Pero eso no me hace mejor y además soy omnívoro vocacional.
Hablo por los codos. Me cambian de idioma cada dos por tres. Casi prefiero a los estudiantes de banca de anoche. O se discute en polaco o no se discute, hostias.
Lo que nos hace mejores es lo mucho que queremos a los nuestros. Esa es la única fuerza para avanzar. No recuerdo nostalgia parecida. No muy lejos, tañe una campana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
